Me
llamo María José Melo Gómez tengo 21 años y estoy estudiando la carrera de
Arquitectura en el ITESO, actualmente curso séptimo semestre. Mi rutina desde
que comenzó el mes de Mayo es cada mañana revisar el buzón; la razón de esta
acción es algo muy simple, estoy esperando mi carta de aceptación para irme de
intercambio el próximo semestre.
El
gusto por los viajes comenzó desde que estoy pequeña, mis papás cada que
tenemos la oportunidad organizan viajes familiares, sobre todo al interior de
México, pero por las limitantes económicas y que es difícil que coincidamos en
fechas de vacaciones mi hermana, mi papá y yo, mis papás comenzaron a optar por
mandarnos en intercambios.
Mi
primer intercambio ocurrió en primero de secundaria (2004) y fue a Chicago por
dos semanas. Era la segunda vez que yo visitaba los Estados Unidos. Viajé con
mi mejor amiga y no podíamos contener la emoción de estar viajando por primera
vez sin papás, aunque claro que junto con nosotras viajaron otros 10 compañeros
y dos maestras, pero para nosotras era algo nuevo e increíble. La niña que me
recibió se llama Sarah, y la única limitante era mi timidez para hablar en
inglés. Pero su familia era muy atenta y dado que su abuelita era mexicana, la
mamá se esforzaba en prepararme platillos típicos de México para hacerme sentir
en casa. Me encariñé mucho con la familia Wolgamott, fueron muy atentos y
cuidadosos, además que se tomaron el tiempo de mostrarme gran parte de la
ciudad. Esta experiencia me ayudó mucho para darme cuenta de que el soltar un
poco la rigidez en mi personalidad era algo bueno y que la mayoría de veces me
ayudaría a establecer nuevas relaciones personales muy valiosas.
El segundo intercambio fue un
cambio más drástico. Al entrar a primer año de preparatoria (2007 – 2008), una
compañera con la que hace mucho no hablaba me invitó a participar en un plan,
irnos de intercambio el siguiente verano durante dos meses. La duración no era
la única diferencia con el viaje a Chicago, sino que ahora era irnos nosotras
solas, sin maestros ni más conocidos, y era a Quebec donde en vez de inglés
tendríamos que comunicarnos en francés, idioma el cual yo conocía, mas no
dominaba.
Este viaje tuvo varias
complicaciones, y el idioma fue la menor de ellas, pero por lo mismo fue con el
que más he aprendido. Con la familia que llegué, los papás justo habían
terminado su proceso de divorcio, por lo que hasta el final entendí que la
razón por la que me albergó había sido por la paga que recibirían, ya que este
proceso había sido costoso. Por inconveniente para la señora, el dinero lo
recibió hasta el final de mi estancia, lo cual nos ocasionó varias discusiones.
La señora no sabía que el dinero no se lo daría yo, sino la agencia que
organizó el viaje, y por otro lado yo no sabía que ella necesitaba el dinero,
así que un día de desesperación ella optó por correrme de la casa. Pasaron los
días, yo tuve que aprender a exponer mis puntos y defenderme en francés, y a la
vez ella se volvió mas comprensible. Al final del intercambio logramos tener
una relación de respeto, con ella no logré tener una amistad, pero el quedarme
en esa casa, donde yo no era la única extranjera me permitió conocer a otra
mexicana que se volvió una gran amiga. Durante mi estancia en Quebec aprendí
más sobre el idioma, ya que durante los dos meses fuimos a la escuela, hice
amistades con jóvenes de muchas partes del mundo y lo mejor es que son
amistades que a la fecha conservo, la niña que me invitó a viajar se volvió una
de mis mejores amigas, conocí Quebec, además de otros lados de Canadá, y sobre
todo me ayudó a madurar y a valorar la estabilidad de mi familia.
La tercera oportunidad sucedió
en el 2009 mientras cursaba tercer año de preparatoria. Esta vez la dinámica
era diferente, en vez de viajar, yo recibiría a una niña de mi edad, Sophie
Courtemanche. Ella venía de Quebec y era la oportunidad perfecta para yo ser
anfitriona y poner en práctica todo aquello que yo había aprendido de mis
viajes. [Su estancia fue por dos semanas, las cuales fueron muy divertidas.]
Ella venía con toda la disposición de conocer Guadalajara y el idioma no fue
una limitante ya que nos comunicábamos en una mezcla de inglés, español y
francés, nuestras personalidades eran muy parecidas lo cual facilitó el
entendernos y hacernos muy amigas. Este intercambio me ayudó a entender que el
recibir a alguien extraño en tu casa es difícil, que lógicamente los cambios no
solo los sufre el visitante sino también el anfitrión, pero descubrí que el
hecho de que yo ya hubiera viajado antes me hizo ponerme más en los zapatos de
Sophie y ayudarla a que no extrañara tanto Quebec.
El
hecho de viajar en intercambios es una oportunidad única y muy gratificante, ya
que aunque viajes con maestros o por tu cuenta, tienes que aprender a
solucionar los problemas o situaciones que vayan aconteciendo y a cuidarte por
ti misma. [Es una actividad que representa mucho crecimiento y desarrollo en varios
aspectos, como emocional y cultural, además de que aprendes a valorar cosas que
das por hecho y hasta tu propia cultura.]
En
lo personal es algo que recomiendo ampliamente ya que haces nuevos amigos y descubres
habilidades y capacidades que antes por la comodidad de estar en casa no sabías
que tenías.
Por
esta ocasión el destino del intercambio es Madrid y la duración es un semestre.
Cada mañana es una ilusión ver un sobre en el buzón, pero sobre todo que al
leer esa carta sea un sí la respuesta. Después de esto sigue un proceso difícil
y largo de visa, boletos y arreglar todo lo que la estancia en España
involucra; sin embargo, es un proceso que no puedo esperar a hacer. Será muy
enriquecedor conocer parte de Europa, tanto para mi persona como para mi
desempeño académico, ya que en España se encuentra gran parte de la historia
del arte y del arte contemporáneo, por lo que espero que mi carta no tarde en
llegar.
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